SV-DAY, DÍA DE LA VICTORIA ESPAÑOLA
Escrito por Pedro Hernández   
banderasSe va desvaneciendo la resaca de la victoria de la selección nacional española en el Mundial, y aunque algunos pocos se resisten aún a quitar la bandera de sus balcones, poco a poco se entra en contacto con la cruda realidad cotidiana. Recuperamos el tono normal de voz que perdimos una noche que pasará a la historia como el 11-J, fecha que hay quien, por el acaloramiento del momento, pretendía que se constituyera en fiesta nacional. Un servidor, que por vivir en la capital del reino pudo vivir en primera persona como se festejó esta gesta épica, jamás olvidará el ambiente de ese domingo glorioso, antes, durante y después del partido.

Madrid era, horas antes del encuentro futbolístico, una ciudad teñida de rojo y amarillo. Las fachadas, los coches, las personas. Un alarde de españolidad. Uno mismo sucumbió a la euforia y uniformado para la ocasión con la vieja camiseta y con una de mis banderas salió a la calle como tantos otros locos de camino al punto de reunión convenido para ver el partido. Sufrimos en la primera parte, sufrimos en la segunda, y también sufrimos durante la prorroga. Madrid, y España entera, era un clamor. Las salvajes entradas del combinado holandés y la vergonzosa actuación arbitral se convertían en unánimes insultos e improperios colectivos que se decían y oían en todas las casas hasta convertirse en el ruido de fondo que sustituyó al del inexistente tráfico. En cada descanso, la gente salía a las terrazas de las casas o a la calle desde los abarrotados bares y continuaba allí, al son de cánticos y vuvuzelas, la animación y los gestos de esperanza.


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fuenteHacía unos días, a cuenta de la huelga de los empleados del metro de Madrid, hubo quien dijo que Madrid iba a reventar, pero cuando reventó realmente fue cuando un manchego metió el ansiado gol. La enajenación mental transitoria se apoderó de los españoles, e indiferentes por la suerte que pudieran correr nuestras pobres cuerdas vocales gritamos, gritamos como si no hubiese tocado una cantidad ingente de millones en la lotería. Y volvimos a gritar unos pocos minutos después, que se hicieron eternos, cuando se pitó el final del partido. Entonces sucedió, en Madrid, Barcelona, Bilbao, Santiago, desde las ciudades más grandes a la más pequeña aldea, España fue una fiesta. La gente salía a la calle. Los desconocidos se saludaban, se abrazaban, cantaban y bailaban en aceras y calzadas, se asaltaron las fuentes por pequeñas que estas fuesen, se toreaban los coches con improvisados capotes rojigualdas, el júbilo estalló al igual de los petardos y los cohetes. Los claxon de los vehículos no dejaron de sonar hasta altas horas de la madrugada. Por unos días, la definición tradicional de Fiesta Nacional dejó de ser exclusiva del mundo de la tauromaquia y se prestó al futbolístico.

Y si la tarde noche del domingo fue una fiesta, el lunes entró en vigor una excepción no escrita ni oficial que en muchos puestos de trabajo despojó de sentido eso de la “jornada laboral”. La Villa y Corte experimentó una metamorfosis. Muchos dejaron sus tareas mañaneras para agruparse y comentar en diferido el partido y la celebración. La tarde degeneró más aún cuando las calles comenzaron a llenarse, no sólo de madrileños, sino otros españoles venidos de todas partes para agasajar a la selección y revivir la farra de la noche anterior. Y así ocurrió, Madrid se colapsó de nuevo con personas orgullosas de ser españoles, totalmente desinhibidas de los estúpidos prejuicios que hasta el 11-J coartaban la libertad de lucir los colores de la insignia nacional, y como una marabunta taparon el gris oscuro del asfalto. Aquello recordaba a la “VE-Day”, El Día de la Victoria en Europa, a la celebración del fin de la Segunda Guerra Mundial con la capitulación de la Alemania nazi. A los festejos que en los países de los Aliados se vivió, gente inundando las calles con banderas celebrando la victoria de una guerra mundial, y en cierto sentido así fue, los españoles habíamos ganados una Guerra “futbolística” Mundial.

Hay quienes consideran que esta exaltación es producto del deporte del balompié. Sin duda algo de eso hay y es posible que sea cierto eso de “el fútbol une”, pero había algo más, algo que molesta a algunos que por su progresía o regionalismo les molesta admitir, lo que unió fue la selección nacional, (sólo hay que oír algunos de los comentarios que se han soltado o los incidentes que se han producido en Pamplona y en algunos municipios de las Vascongadas o Cataluña), unió la necesidad de celebrar un éxito después de una larga racha de desastres en la vida cotidiana, unió la necesidad de dar una respuesta a las marchas nacionalistas de días anteriores, unió la pérdida del miedo a decir “Yo soy español”, y evidentemente, unió la merecida victoria de unos auténticos “espartanos” que ganaron un mundial con sangre, sudor y lágrimas.

Ahora es tiempo para el análisis más allá de lo deportivo. La revolución social que ha derivado de esta victoria será motivo de estudio. El gol de Iniesta a Holanda ha supuesto además el fin del corsé que oprimía el sentimiento patriótico, y a quienes hasta hace unos días eso de decir español o España le producía urticaria, quienes consideraban que hay conceptos discutidos y discutibles, hoy mandarán a su particular consejo de sabios la labor de apoderarse del patriotismo para fundirlo con normalidad a sus preceptos ideológicos, algo que si no tuviese un tufillo a oportunismo e interés sería una magnifica decisión por ser una asignatura pendiente.

 
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