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No se puede decir a todo el mundo lo que quiere oír ya que en algún momento se acaba disgustando a alguien por lo dicho a otro. Hace poco, el ex presidente Aznar le dedicaba con razón una lapidaría frase a Zapatero construida sobre la célebre cita de Churchill sobre la Batalla de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, Nunca tantos debieron tanto a tan pocos, una frase que define muy bien el porque estamos como estamos: Nunca nadie hizo tanto daño en tan poco tiempo.
Si en algo ha destacado ZP ha sido en sus técnicas de escapismo que en un tiempo le permitían zafarse de cualquier descalabro ocasionado por las formas de gobernar. Pero cuando se repite tantas veces el mismo truco, o bien acaba uno aburriéndose de ver tanta repetición, o bien acaba viéndose cómo y en que instante se da cambiazo. Este gobierno llegó al poder casi por error, y en el despiste inicial, se pasaron casi un año con el pie cambiado hasta pillar el paso. Retrasos, despistes, marchas atrás. No daban pie con bola. Luego acabaron acertando a darle al balón pero disparaban a la portería contraria, siempre primando quedar bien con la afición y sin importar el reglamento. En las maduras es fácil quedar bien con todos, máxime cuando uno dispone de los recursos y bonanzas heredadas del “Milagro Español”, mérito que jamás se le ha querido reconocer al ejecutivo anterior al suyo. Pero es en las duras cuando se ve de que madera se está hecho, y con la crisis económica se ha comprobado que Zapatero no es más que planchas de contrachapado. Se negó la mayor hasta que el agua le llegaba a la altura de la nuez. Luego, cuando finalmente decidió arremangarse para achicar, tomó, en lugar de un cubo, un simple vasito de chupito, y en lugar de tirar el agua por la borda, lo echaba por la ventana del camarote contiguo, y encima vendía y presumía del esfuerzo realizado.
A estas alturas, la gran mayoría no se deja engatusar por la verborrea y las falacias, menos cuando la realidad nos atiza en la cara. Pocos creen ya en esa mentira constante de que lo peor ha pasado y que el próximo trimestre o semestre la cosa comenzará a ir mejor. Sobre todo cuando una y otra vez esas promesas se demuestran falsas. Zapatero ha acabado hace tiempo ya con cualquier atisbo de credibilidad, y ya ni los suyos se fían o prefieren poner tierra de por medio para evitar que en un futuro cercano les salpique el irremediable hundimiento del zapaterismo.
En el clímax supremo de la ignominia y la desvergüenza, el presidente del gobierno, en su último viaje a Estados Unidos, ha utilizado para su mayor gloria personal, todo aquello que desprecia. En primer lugar, parece difícil que alguien pueda ser Presidente del Gobierno de una nación cuando el mismo término le parece discutible. Tampoco dice nada bueno hacer referencias a El Quijote, y presumir del más importante escritor de la lengua de España cuando ha demostrado que le importa bien poco que se acose en su corral a quien use el español. Y para rematar la faena, tiene su aquel que diga que España es en su mayoría un país cristiano, cuando él mismo ha destacado como máximo acicate y perseguidor de la Iglesia y sus dogmas cuando van contra los intereses de su hinchada forofa. Nadie puede estar en misa y replicando y pretender salir airoso de tamaña cuadratura del círculo.
Zapatero es un galgo que gusta de correr delante de los problemas antes que enfrentarse a ellos, pero ni siquiera poniendo un océano de por medio ha escapado del más importante, y precisamente el día en el que vende la boyante economía española y por ende su buena administración y gestión de la crisis en España, la bolsa, cual látigo, le arrea en la cara y se enrosca dando interminables vueltas sobre su, invisible pero existente, larga nariz.
El presidente, aunque él no lo sepa o no quiera acertarlo, tiene una salida y una posibilidad de arreglar España sí quiere. Lo único que tiene que hacer es irse a su casa, pero llevándose consigo a toda la pandilla de incompetentes que tiene al mando. Y dejar que, bien la oposición, bien algún socialista con dos dedos de frente, tome unas riendas que están muertas de risa en algún olvidado cajón de La Moncloa. Sólo con anunciar una posible dimisión, muy seguramente, supondría un repunte espectacular en la bolsa, en la economía, y en las esperanzas de muchos españoles por salir del bache que su incapacidad ha convertido en barranco.
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